Desconexión con la Tradición

Créditos: Pexels

La Tradición configura mito y rito; dándose a sí misma, a través de la lengua propia de determinada cultura, una vestidura que permite a los hombres, establecer códigos morales y normativos que rigen los principales eventos de la vida, y la cotidianidad, sublimando los hechos propios de la naturaleza, los fenómenos psicológicos y la sustancia misma de las cosas, en acontecimientos de trascendencia individual y colectiva que ligan y religan lo profano con lo divino.

Téngase en cuenta que la noción de divinidad y su compleja o simple estructura, proviene, se origina, en el núcleo central de la Tradición, así, el primero de los mitos y fundacional, es el del origen de la divinidad, seguido del que narra el origen del lenguaje y al que sucede el que cuenta el origen del hombre, como especie.

Estos tres mitos cardinales sirven como monolítica columna vertebral alrededor de la cual se entretejen otros mitos troncales y alimentadores que dan profundidad a la tradición en su ámbito verbal.

El rito, por otra parte, se sirve de un lenguaje simbólico; si el mito se explaya sobre la lengua, con toda su prolífica actividad creadora, el rito pone coto a esa creatividad, estableciendo límites, concordantes con la narrativa y normativa mítica.

El rito configura secuencialmente los gestos y ademanes, colectivos, principalmente, pero también otros de carácter individual, que necesitará el ser humano para conectarse con el imaginario que ha fabricado en el ámbito de su lengua, de su cultura; rezos, posturas, danzas, comidas, bebidas, alucinógenos, juegos, todo ello, configura rituales, simbólicos; el rito requiere espacios, lugares siempre artificiales, aunque se encuentren al descampado, donde la sonoridad del rito genera ecos, vibraciones, frecuencias y sintonías con el imaginario sobrenatural creado por el mito.

Todas las religiones, cultos y credos, todas, incluso las que niegan serlo, siéndolo, si se fundamentan en la Tradición, si están conectadas con el tronco común a todas, en mayor o menor medida, se configuran en mito y rito; las que no lo hacen, las que banalizan ambas cosas, pierden su conexión, son creencias vulgares, desprendidas de la Tradición, acuden al histrionismo como sucedáneo y requieren de la manipulación demagógica para sostener su narrativa, absolutamente desfasada de la más auténtica espiritualidad.

En la actualidad, hay movimientos religiosos, asociaciones religiosas, organizaciones religiosas, con nombres burocráticos y estructuras maquinales que, no pueden (menos mal que ellas mismas, en el fondo, lo admiten) llamarse religiones, ni pueden considerarse continuadoras de la Tradición, ni entenderse como caminos espirituales auténticos, son centros de manipulación emocional construidos alrededor de extraviadas formas hipertróficas de religiosidad, sobrestimuladas por la peligrosa idea de que los individuos pueden encontrar, en la hermenéutica, explicaciones racionalistas y racionalizantes, del mito.

Estos movimientos y entidades, absolutamente pervertidas, al punto de constituir verdaderos centros de enajenación mental en sus gradaciones más populares, proceden de entidades en las que se privilegia el uso de la razón, el ejercicio de la filosofía, humanista, con el único propósito de explicar el mito, es decir, darle figura racional y racionalista, al mito, de modo pues que, no haya lugar a dudas, de la verdad universal de este.

Estos movimientos son muy comunes en el cristianismo protestante, los movimientos evangélicos de avivamiento, y las escuelas hermenéuticas bautista y metodista, así como las iglesias nacionales, luterana, anglicana y episcopal; y las denominaciones calvinistas se anteponen a los principios elementales de la Tradición, los desvirtúan, los distorsionan, se erigen en grandes congregaciones que, van desde la manipulación de masas, mediante estrategias de comunicación y propaganda, hasta la pequeña dispersión de grupos de estudios pseudo-religiosos, de fondo, son analistas, descriptores, racionalistas, de la religión.

Pero, un minuto, no solo en el cristianismo existen estos movimientos; en el judaísmo también los hay, varias organizaciones ultra-ortodoxas y ortodoxas, pretenden configurar centros piramidales de manipulación del mito hebreo y de sus ritos fundamentales; instrumentan, mediante el poder político o la propaganda, sus fines, crean seminarios, escuelas, sinagogas, canonizan rabinos, libros, lugares, metodizan la Torah escrita y oral, convirtiéndose, a fin de cuentas, en centros de repetición y ambientes intolerantes, aislados del mundo, incluso de su propio mundo cultural.

Ni qué hablar de los movimientos extremistas islámicos; tan poderosos y archiconocidos, por sus vínculos con el terrorismo, con el poder monárquico o con los totalitarismos de corte fundamentalista; estos movimientos también son interpretadores del mito, bajo la misma mirada racionalista y racionalizante que practican los evangélicos y algunos grupos ultraortodoxos judíos; las estrategias son las mismas, solo que el lenguaje islámico y el poder que han llegado a tener en su propio entorno, les hacen parecer más amenazantes, cuando, en realidad, no son más amenazantes, lo son, en igual proporción.

Incluso el budismo, la más conocida, de las muchas religiones no deístas que hay en el mundo, tiene también sus escuelas racionalistas, occidentalizadas, hipertrofiadas por el exceso de racionalismo y propaganda con que se vende, creando mantras, grupos de apoyo, que no le envidian nada a cualquier culto evangélico.

Todo esto parece prepararnos para un futuro en el que, ninguno de nosotros, tenga a la mano, una verdadera, genuina conexión con la Tradición; parece prepararnos para una religión pragmática, desprendida del imaginario simbólico y estructurada alrededor de “verdades” absolutas, de una fe verificable, cuantificable, demostrable, de acuerdo con los datos vigentes, recabados y comprobados, por una maquinaria que se asume, procesadora e interpretadora de la realidad, y sus matices.

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