Equilibrio y Desarrollo

Los elementos de la tierra, en la mayoría de las culturas antiguas, eran el fuego, el agua y el aire; dos extremos: agua y fuego, y uno moderado, el aire; así mismo, en la mayoría de las culturas de la creciente fértil y el levante mediterráneo, las estaciones del año eran verano e invierno, extremos de frío y calor y dos momentos equinocciales, en los que había temperancia en el clima; la cantidad justa de lluvia y de sol.

Quizás esta mirada de los elementos y los momentos en el año, en los que se manifiestan extremos y temperancias podrían servir como analogías de la personalidad humana; habiendo situaciones en las que somos extremistas y otras para las que nos comportamos moderadamente.

El Dr. Roberto de Vries sostuvo, en su teoría de la imagen y el poder que, las personalidades se desarrollan sobre la base de una ideología y describía los elementos psico-sociales que componen las distintas variedades ideológicas, que determinan nuestra ética individual y nuestra percepción moral del mundo.

Estos elementos, él, los separaba de la siguiente manera:

Por su naturaleza intelectual.

Una personalidad puede ser conservadora, cuando se defiende la preservación de una cosmovisión (manera de percibir al mundo) y se protegen los valores propios de una cultura porque se considera que no pueden o deben ser cambiados; en otras palabras, se conserva el estatus quo, las cosas deben permanecer tal y como están; puede ser revolucionaria, cuando, se cree que se deben cambiar los paradigmas prevalecientes, que el conjunto de valores y hábitos que sostienen determinada moral debe modificarse radicalmente, no hay espacio para la consideración del pasado, sino un deseo de llegar al futuro, ya; o puede ser renovadora, cuando comprende que hay aspectos fundamentales, principios, inmutables, imperativos categóricos que no pueden o deban cambiarse, pero que hay también la necesidad de adaptar esos principios, con toda su carga moral y ética, a una sociedad dinámica que cambia, naturalmente; la renovación, la reinvención, es necesaria, siempre que se haga racionalmente.

Por su naturaleza emocional.

Una personalidad puede ser: individualista, cuando no existe, en sus relaciones, otro centro que ella; sobreestimando así el propio potencial y el mérito; en esta concepción ideológica, el interés individual está por encima de todo y todos; también puede ser colectivista, cuando se cree que solo existe un cuerpo social, que prevalece sobre el interés personal, anulando cualquier aspiración individual o rasgo diferenciador; quien es colectivista tiende a uniformarse, a mimetizarse con el rebaño; y por último, puede ser conviviente, cuando se tiene una idea clara de comunidad, como la asociación de voluntades, en la que prevalece el interés individual, sin imponerse al bienestar común, al contrario, apuntando siempre hacia la cooperación y solidaridad como medios de interacción significativos y productivos.  

Por su naturaleza conductual.

Una personalidad puede ser: pragmática, cuando únicamente considera su propio bienestar y cualquier medio está justificado por el fin; dogmática, cuando lo que rige la brújula moral del individuo está sometido a un canon doctrinario que limita el desarrollo de la persona, o práctico, cuando la óptica es flexible y se tienen principios inmutables, pero no hay sujeciones irracionales que limiten el desarrollo o logros en el mundo real.

Combinaciones.

Una personalidad puede ser, racionalmente, conservadora, emocionalmente, colectivista y conductualmente dogmática, como también puede ser revolucionaria, en el plano intelectual, individualista, en el plano emocional y pragmática en el plano conductual; existen todas las posibles permutaciones o combinaciones de los tres elementos para desarrollarnos como personas.

Ideología y Desarrollo

Cada uno de nosotros comienza su desarrollo en un rol determinado por las circunstancias que nos rodean y por la ideología con la que enfrentamos la adversidad y trabajamos y luchamos por nuestros logros; podemos ser víctimas, supervivientes, victimarios, independientes o interdependientes; según el Dr. De Vries, todas las personas, en nuestra infancia somos víctimas (porque no tenemos-manejamos el poder), toda víctima que tiene una posibilidad de abandonar su rol, se convierte en un superviviente (esta etapa correspondería a la adolescencia, cuando comenzamos a manifestar nuestra voluntad, frente a la de otros) y luego existen dos caminos, el del subdesarrollo, en el que el adulto se convierte en un victimario (teniendo una relación amor-odio con sus víctimas) y el del desarrollo, en el que el adulto elige ser una personalidad independiente, trascendiendo cualquier relación que lo vincule a una víctima.

Las personalidades independientes solo se vinculan a otras personalidades independientes y su finalidad primordial es el desarrollo individual.

La ideología de una personalidad interdependiente (quien sabe/puede manejar su poder para sí mismo y para beneficio de otros) es la combinación de una personalidad renovadora, conviviente y práctica.

El máximo desarrollo de una personalidad se manifiesta cuando esta ha aprendido a transformarse para transformar su entorno, cuando entiende que no está solo, ni es el centro del universo y que toda relación tiene unas características que le permiten conectar con otros de manera significativa; así pues se descubre que la amistad se fundamenta en la admiración y el respeto, que una alianza es una relación de ganancia mutua y equitativa, que un amante es un individuo que provee placer (no solo en sentido sexual), y así se desarrolla sensualidad y sensibilidad para tener conversaciones gustosas, para satisfacer a otros con experiencias memorables y también para reconocerlas cuando se es objeto de estas, y finalmente se descubre que un amor implica compromiso y es voluntario, revisable y demanda acercamiento, aceptación y mejoramiento.

Liderazgo transformador.

La imagen de rol y la imagen relacional, dependen de manera crucial de la imagen ideológica que desarrollamos en nuestra personalidad y el poder, íntimamente ligado a nuestra imagen (autopercepción) tendrá características propias, dependiendo de nuestro rol preponderante y de la relación en la que estemos.

A lo largo de la teoría de la imagen y el poder del Dr. de Vries encontramos siempre un aspecto fundamental; todo poder saludable, toda imagen que facilite nuestro desarrollo, depende de nuestra moderación, de una gestión cada vez más eficiente de nuestras emociones, sabiendo canalizar, positivamente, la alegría, la ira, la tristeza y el miedo, para balancearlas y así construir un clima favorable al logro.

Los desbalances, los desequilibrios, dan como resultado, personalidades impotentes (sin poder), vulnerables, rebeldes, o personalidades despóticas (poder patológico), tiránicas, ególatras, que se relacionan entre sí, porque son dependientes, no independientes.

Los contrastes, en cambio, dan como resultado, personalidades independientes e interdependientes que pueden hacer frente a la adversidad con herramientas útiles del poder y que pueden abarcar dimensiones del poder, para el propio gobierno o para el gobierno de otros, con éxito.

Los liderazgos transformadores (Ubuntu), responsivos, capaces de modificar la propia realidad y la realidad de otros, suelen ser personalidades independientes o interdependientes, con una ideología que ve al mundo como un espacio dinámico, evolutivo, en el que nuevas ideas y nuevas relaciones de poder, configuran nuevas formas de repensar la Tradición y de adecuarla, adaptarla, apropiarla, al tiempo y lugar que se vive; preservando lo sustancial, lo medular.

Así mismo, los liderazgos renovadores, ven al mundo y se ven a sí mismos, como actores que engranan una comunidad de intereses, no son mesías, no son providenciales, no son superiores, ni son los únicos capaces, se acompañan, con total seguridad, de equipos diligentes, eficientes, responsables, y empoderan, sin mezquindad alguna, porque saben que el poder, distribuido de manera equitativa genera mejores resultados.

De igual modo, los liderazgos interdependientes, que valoran la convivencia y la estimulan, no están atrapados en pensamientos maniqueos, para ellos no hay lucha entre bien-mal, ni hay verdades absolutas o falsedades absolutas; el mundo es una escala de grises en el que nuestra percepción individual suele ser engañosa y la moral es la conveniencia social, no un axioma que pueda anular las excepciones, las particularidades que suelen brindar contraste a la norma.

Así, la ley, la norma y, por consiguiente, la cultura, en sociedades que estiman y que desarrollan personalidades independientes e interdependientes, progresa y brinda espacios para el libre desenvolvimiento de todas las personalidades, admitiendo que los fracasos, los errores, las equivocaciones, no son permanentes, sino que son oportunidades para el aprendizaje y el reinventaje; no se mejora cuando se es perfecto, se mejora cuando se asimila la perficiencia.

El mejoramiento tampoco consiste en el agrado o el aplauso exterior; el mejoramiento es un proceso individual que hace más sostenibles las relaciones.

Y todo parte, comienza y termina, con la capacidad de adecentar la realidad, de dejar que decanten las pasiones, de procurar que domine la razón y no la emotividad, y de que se fortalezca la moderación, el equilibrio saludable.

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