La política y el fracaso

En la política, como en la vida, el fracaso tiene origen en tres posibles factores independientes entre sí o en una combinación de los mismos:

Desconocimiento de las reglas/costumbres.

Cuando no conocemos un contexto social, no estamos a tono con las costumbres de determinado entorno o cuando ignoramos las reglas del juego, la tendencia natural es hacia el fracaso; es decir, nuestras expectativas estarán alineadas con un escenario que en la realidad no puede concretarse; porque no estamos considerando todas las condicionantes para que nuestro proyecto tenga éxito.

Un ejemplo, en la política, del desconocimiento de las reglas y costumbres, es el fallido intento de la política mercantilista de los Borbones en América, fallido porque se implementó pensando que el contexto hispanoamericano iba a ser más favorable al surgimiento de compañías privilegiadas, cuando la costumbre solía ser la del tráfico encubierto o el manejo corrupto de pesos y medidas, favorecido por las compañías privilegias neerlandesas e inglesas.

Otro ejemplo, más reciente, es el fracaso del paro nacional, en Colombia, un intento desesperado por violentar los mecanismos institucionales democráticos de ese país, bajo coacción que no tuvo el apoyo de la mayoría de los ciudadanos, por ocasionar, en la práctica, grandes pérdidas económicas sin ningún rédito político; el colombiano promedio, conservador, legalista, que no demanda grandes revoluciones, ni cambios que traigan consigo inestabilidad económica, se negó a apoyar a quienes, legítimamente o no, demandaron una transformación institucional del país.

El fondo de la exigencia podría haberse inscrito en otro marco de acciones menos beligerantes y más centradas en la negociación política y lo más seguro es que habría tenido mayor apoyo de los ciudadanos; pero el desconocimiento de las costumbres y de la norma social de los grupos promotores del paro nacional, condujo inexorablemente a su proyecto, al fracaso más rotundo.

Error de cálculo en las previsiones.

Ocurre, generalmente, cuando hemos hecho estimaciones no ajustadas a la realidad, debido a una ausencia de objetividad para mirar el contexto o por un exceso de confianza en aquellos elementos con que contábamos para triunfar en determinado escenario.

Ejemplos de esto hay varios, a lo largo de la historia, candidatos presidenciales que no alcanzan el umbral, debido a expectativas muy irreales o promesas electorales que se quedan en el tintero, porque son demasiado ambiciosas.

Barack Obama, es un caso reciente, cuando prometió el desalojo de la prisión de Guantánamo, sin asegurarse de que sus cálculos fueran meditados a la luz de una realidad factible y terminó por incumplir su promesa, porque era imposible concretarla.

Sobrestimación de las propias capacidades.

A diferencia del factor anterior, en que es posible que hayamos hecho un cálculo errado, basándonos en algunos elementos a nuestro favor, incluso considerando las amenazas en contra, en este caso, hablamos de la creencia absoluta de que no existe un escenario en el que no triunfemos; esta actitud soberbia que nos dice que es imposible que algo salga mal o que fracasemos en nuestro proyecto, es casi siempre producto del delirio y en la inmensa mayoría de los casos, nos lleva a un fracaso irreversible.

Los grandes y más estrepitosos fracasos políticos obedecen a perspectivas arrogantes de la realidad, visiones súper triunfalistas que generan grandes expectativas y terminan produciendo decepciones abismales.

El Presidente Trump, por ejemplo, prometió hacer pagar a México, el muro que, a término de su mandato, ni avanzó, ni pagó México.

En el siglo pasado, Adolf Hitler, absolutamente seguro de que podría hacerles la guerra a los soviéticos y al mismo tiempo a sus vecinos europeos, terminó muy mal, cuando comenzaron los reveses en el teatro de operaciones oriental, que fueron mermando la capacidad de abasto de alimentos y recursos para la guerra.

Completamente segura de que la plataforma Obama iba a catapultarla a la Presidencia, Hillary Clinton desestimó la fortaleza de Donald Trump, como un comunicador carismático; la historia, todos la conocemos, ganar el voto popular no bastó para romper el techo de cristal.

En la política hay que saber entonces que, el sustrato social, la dinámica cultural, las narrativas y las lógicas del contexto determinan un conjunto de reglas del juego que conviene conocer y dominar; así mismo hay que precisar los cálculos, encontrar maneras de estimar con base en el peor de los escenarios para trabajar por el mejor de los escenarios y no al revés y por último, nunca, nunca, pecar de triunfalistas, no existe nadie que sea infalible y una pequeñísima variable puede destruir por completo el plan más perfecto.

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